(OPINIÓN) Historia de un gol que nos cambió a todos

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Pocas cosas despiertan en el ánimo humano un sentimiento que va desde el placer y la felicidad inmaculada e inocente hasta el dolor más extremo, un espectro de emociones muy arraigado en el alma primitiva del ser, emociones tan sencillas que tienen un valor inestimable. Y por más que a algunos no les guste la idea o no compartan los credos de un deporte cada vez más criticado, todos algunas vez han cantado, bailado y festejado con el sonido del grito de una anotación o en su estado puro: ¡el gol!

Es increíble como el simple paso de un balón al sobrepasar una linea e inflar una red logre tanta conmoción. En palabras de Pier Paolo Pasolini -director de cine-, existen momentos en el fútbol que son meramente poéticos, y el entrenador serbo Boskov dice que: “el balón entra cuando Dios quiere”.  Y el gol que cambió la historia -y la vida- no solo de un equipo, de una selección, de un país; y la concepción de una realidad diferente, de un futuro mejor, de que “si se puede”, fue el gol marcado en el estadio Olimpico Atahualpa en Quito un 7 de noviembre del 2001. El anotador podía ser solo un jugador genial, un personaje que va más allá de una cancha, alguien que poseía un espíritu afuera de lo ordinario, y ciertas veces el destino logra acomodar a cada una de estas personalidades en el lugar adecuado en el momento adecuado. Vemos casos como el de pintores, músicos, artista en general que lograron su éxito por esto, y en este caso un futbolista; en palabras textuales de un entrenador suyo, Alfredo Encalada, aquel joven era un genio.

Nota: recorte de un comercio en la clasificación al Mundial 2002, en Italia.

Muchas veces escuchamos la cuestión del porque un futbolista gana tanto dinero si solo patea un balón, la respuesta a esta cuestión fue su capacidad de recrear emociones similares a las de un artista en el ánimo humano, algo así como ver una obra de teatro. El destino quiere que el entrenador Boskov que como cité antes habla de Dios y del gol, se cruzará en el camino de este goleador, su nombre: Jaime Iván Kaviedes. Ambos se encontraron en Italia en 1999 cuando Ivan jugó en el Perugia -primer ecuatoriano en jugar en Italia-, el serbo jamás llegaría a pensar que Dios quisiera que ese chico proveniente de un país sudamericano pequeño y que hasta ese entonces en la historia del fútbol era simplemente una comparsa, nada más ni nada menos, anotaría el gol más importante de la historia de su fútbol.

Cuando sucedió esto yo tenía alrededor de 9 años, y por fortuna mía, pasé mi infancia en Italia. Mi país durante esa epoca vivió una fuerte crisis debido al salvataje bancario y a los gobiernos ineptos y déspotas que quebraron a la República. Voy a dejar de lado la politica. En fin, de pequeño no entendía porque mi papá se despertaba en la madrugada en otro país para ver una selección que en palabras de él le daba más tristezas que algarabías -por cierto, él me pasó la pasión del fútbol. Aunque nuestra fe futbolística se separó, el es hincha de la Roma y yo de la S.S. Lazio, los que saben entenderán-. Veía en él tanta pasión y rabia, dependiendo de los resultados, y me preguntaba como algo tan simple pueda cambiar el ánimo de una persona. Hoy al revivir el gol de Kaviedes, entiendo todo.

Ecuador desde el 7 de Noviembre se casó con el juego de la pelota, en aquellas épocas de crisis y desilusiones el fútbol regaló a todos los ecuatorianos uno de los momentos más inolvidables y llenos de alegría que se pudieron vivir, guste o no. Esto es algo misterioso de este deporte, porque siempre en épocas oscuras o triste, el fútbol ha compensado regalando momentos inolvidables a la gente del mundo. Desde aquel día la nación cambió su perspectiva de vida, supo que no somos peores que nadie y que estaba en nosotros sobresalir. Se dedujo ese día que el fútbol, a veces, deja de ser un juego.

Ecuador esperó más de 70 años para ser participe de uno de los eventos más importante de la historia del deporte universal. Destino de la vida, Ecuador jugó su primer partido mundialista contra Italia. Desde ahí cambia todo, Aguinaga capitán de ese conjunto de ganadores dice:

“Desde que nosotros empezamos con la clasificación al Mundial, los jugadores que han venido atrás tienen la sensación del éxito, nosotros éramos otra vez el fracaso, ahora se cambió la historia y los jugadores saben que podemos hacerlo”.

El once de ese día: José Francisco Cevallos (arquero); Ulises De la Cruz, Iván Hurtado, Geovanny Espinoza, Raúl Guerrón (defensas); Edwin Tenorio, Alfonso Obregón, Édison Méndez, Kléber Chalá (mediocentros); Iván Kaviedes y Agustín Delgado (delanteros).

El entrenador artífice de la hazaña: el colombiano Hernán Darío Gómez, recordemos que para lograr esto hasta pasó por una balacera. Esto nos dice mucho del apego que tenía por el equipo y por el país.

De ahí en adelante esa selección logró forjar un espíritu ganador en todo ecuatoriano, para que siempre recuerde que si se puede, si se pudo y siempre podrá.

Fotos: archivo del autor